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Una historia real: "Aprende de mis errores"

Esta es una historia real de un antiguo cliente. Refleja muy claramente muchos de los puntos que hemos tocado a lo largo de estos artículos. La autora de los artículos nos ha mostrado qué ocurre en el lado femenino de las agencias matrimoniales. Este es el lado masculino y cómo un hombre occidental vive esta aventura. Actualmente el autor está felizmente casado con una mujer rusa, y tienen una niña de 4 años, fruto del primer matrimonio de ésta, pero para llegar ahí tuvo que aprender de sus propios errores, ya que nadie le indicó el camino. 

Este cliente es de USA y su idioma es el inglés. En la carta hay ciertos apartados que hacen referencia al idioma. Obviamente lo mismo puede aplicarse a otros idiomas como el español, francés o alemán.

El propósito de la historia es tanto mostrarte el lado práctico de todo lo que acabamos de ver como guiarte y evitar que tú repitas esos errores. En cualquier caso es una historia amena que vale la pena leer. Disfrútala.


 

1-
Una historia real: "Aprende de mis errores"

Hola

Me habéis pedido que cuente mi historia y aquí está. Tenéis permiso para publicarla, pero os rogaría que no dierais nombres ni publiquéis mi e-mail. Gracias por todo lo que hicisteis por mí y continuad con vuestro trabajo.

Esta es la historia de mi fracaso y de mi éxito con las mujeres rusas.  He accedido a contarla porque quiero compartirla con otras personas que empiezan a buscar su pareja ideal en Rusia, y para que éstas aprendan del los errores que cometí en mi primer matrimonio con una chica rusa. Mi primer matrimonio fracasó. Aprendí de los errores cometidos y con mi experiencia volví a intentarlo. Ahora llevo 2 años casado y mi vida ha dado un cambio espectacular. Mi nueva esposa es más de lo que siempre soñé y su hija (ella era una mujer divorciada con una niña de su anterior matrimonio), nuestra hija, ha llenado un hueco que llegué a pensar que nunca podría llenar por mí mismo y me ha traído una alegría de vivir y de luchar por mi familia que no había experimentado hasta ahora. Pero el camino para llegar aquí ha sido algo tortuoso. Quizás, leyendo mi historia pueda evitar que alguien cometa los mismos errores.

Cuando vi el anuncio de la que luego sería mi esposa, lo primero que noté era que, además de bonita, en su foto aparecía recién peinada, como la modelo de una revista. Yo pensé que era imposible, que una mujer de 30 años no podía ser tan delicada y femenina como aparentaba en la foto. Así que, después de un par de cartas me decidí a ir a su país para conocerla en persona y me preparé para afrontar la cruda realidad de que la mujer en la que estaba interesado no iba a ser tan hermosa en persona. Para lo que no estaba preparado era para justo lo contrario: era todavía mucho más atractiva en persona que en la foto. Hablaba de una manera suave y como tímida, con un aceptable inglés con acento ruso que me volvía loco. Era simplemente adorable y yo me enamoré inmediatamente.

Me costaba mucho creer que una mujer así no hubiera podido encontrar un buen marido ruso. En realidad resultó que ella era divorciada, sin hijos, y su marido se había divorciado de ella después de 4 años de matrimonio (porque su vida estaba "en la cresta de la ola" y estaba con una mujer más joven, una modelo). Ella era médico, trabajando en un hospital para niños, de cardióloga y en donde apenas ganaba nada, salvo una subvención. Su salud era perfecta, tanto física como mental, pero tenía poca vida sentimental. Tenía talento y estaba llena de recursos, era una excelente cocinera y ama de casa (¿o debería decir "diseñadora de hogares"?). Era ingeniosa y con un humor muy sutil pero maravilloso. Ambos pensamos que teníamos mucho en común.

¡Al tercer día de nuestra primera cita! le pregunté si estaría dispuesta a considerar la oportunidad de casarse conmigo, incluyendo un visado para venir a América (creo que no he dicho todavía que soy de USA) y ver si le gustaría vivir allí.  Volví a mi país con un sí por respuesta y estuvimos escribiéndonos y llamándonos por teléfono a horas determinadas con antelación (ella no tenía teléfono en su piso), mientras arreglábamos los papeles. La siguiente vez que la vi fue para la concesión de su visado. Era una formalidad y no hubo ningún problema para que se lo concedieran. En unos pocos días volamos a mi casa. Al día siguiente obtuvimos una licencia matrimonial y cuatro días más tarde, un sábado por la mañana, nos casamos con una sencilla ceremonia. A ella le gustó mi casa y mi ciudad y parecía feliz y relajada.

Aunque yo pensaba que todo iba bien, la verdad es que ella era muy buena escondiendo sus verdaderos sentimientos. Por dentro, estaba aterrorizada y se sentía como un extraterrestre de otro planeta. Ella sabía que no podría ponerse a trabajar inmediatamente en su profesión, pero ella echaba de menos su trabajo más de lo que pensaba. Como de momento no podía trabajar, en las primeras semanas convirtió mi espartana casa de solero en un hogar confortable, cálido y que te daba la bienvenida al llegar, por primera vez desde que fue construida.

Entonces llegó su primera gran desilusión: para que ella pudiera trabajar como médico tenía que encontrar un hospital que la patrocinara e ir a la universidad durante 2 años, seguidos de un año de residencia y eso si podía aprobar toda la serie de exámenes, evaluaciones y pruebas. Y lo más pronto que ella podría empezar todo este proceso era a un año vista. El pensar que tenía que esperar un años sin nada que hacer era algo que se le antojaba insoportable.

Hablábamos en un inglés simplificado y tratábamos se entendernos mutuamente. Normalmente teníamos éxito, pero a veces fallábamos en el intento de expresar nuestras ideas. Dí por sentado que mis vecinos serían tan amistosos con ella como lo eran conmigo, pero estaba equivocado. No es que alguno fuera grosero o irrespetuoso intencionadamente,  pero la gente hace cosas extrañas cuando están cara a cara con un extranjero que apenas sabe hablar tu idioma. Hablar más alto y más despacio no siempre ayuda, ni hablar como si hablaras a un niño, pero ellos lo hacían debido a los problemas de comunicación de esa persona. Cuando salíamos juntos, no podía hablar a nadie más que a mí y cuando lo intentaba, por ejemplo en una tienda, el dependiente siempre me contestaba a mí, como si ella no estuviese ahí.

Aprender inglés se convirtió en su prioridad número uno. Lamentablemente, mi ciudad es pequeña y la única escuela en la que se enseñaba inglés, era una de una ONG destinada a la integración de inmigrantes ilegales. El profesor tampoco hablaba ruso y tenía dificultades con ella. La escuela era casi más un club social que una escuela y ella se sentía excluida e incómoda, ya que notaba cómo los demás la miraban y hablaban de ella en idiomas que no entendía. Así que compramos libros y cintas de casete e intentó aprender en casa hasta que encontráramos un profesor o una clase que de verdad le sirviera. Desarrolló un método de estudio propio, tomando notas en cualquier lugar que oía algo que no entendía y para más tarde volcarse sobre sus notas y estudiarlas y al mismo tiempo me enseñaba a mí ruso. Ciertamente, avanzó a pasos agigantados. Su nivel de inglés crecía considerablemente en comparación con mi nivel de ruso. La facilidad con la que aprendía nuevos términos y la rapidez con  que aprendía a utilizarlos, no solo me asombraba sino que me llenaba de orgullo hacia ella. Así, el idioma pronto dejó de ser un gran problema, aunque todavía le asustaba enfrentarse sola al día a día.

Pero su vida se le antojaba aburrida y no le llenaba. Sus amigos estaban lejos y la mayoría no tenían teléfonos ni e-mails (en aquel entonces), así que la única comunicación posible era mediante carta. En realidad ella nunca se quejó, pero incluso entonces, yo me daba cuenta que algo no iba bien. A veces tenía que trabajar hasta tarde y cuando llegaba a casa me encontraba que ella me recibía muy contenta de verme, pero alrededor sus ojos había marcas rojizas y estaban ligeramente hinchados, como si hubiera estado llorando y siempre que le preguntaba me decía que todo estaba bien. Ella mantenía la cena caliente hasta mi llegada y nunca empezaba a comer hasta yo no estaba ahí para comer con ella y sólo raramente me dejaba caer alguna pista sobre como se encontraba, como preguntarme si la había echado de menos trabajando hasta tan tarde (esto significaba que ella me había estado echando de menos durante todo el día). Después de cenar solíamos ir a dar un largo paseo, si el clima no era demasiado malo. Luego, veíamos un poco la televisión, alquilábamos una película o salíamos al cine. Una vez a la semana íbamos a comprar comida. Ella me decía que quería que fuese con ella y así podía yo seleccionar las cosas que me gustaban (ahora sé que simplemente no podía soportar quedarse a solas y cara a cara con los dependientes).

Yo pensaba que teníamos una vida sexual buena, al menos yo sabía que yo disfrutaba de ella, y parecía que mi mujer también se manejaba muy bien. Yo soy un hombre grande, ella es una mujer pequeña, una combinación que funciona mejor para el hombre que para la mujer pero, una vez más, ella nunca se quejó, hasta una noche, que fuimos algo más vigorosos. En mi pasión no me di cuenta al principio que le estaba haciendo daño.  Después, su dolor era tan obvio que la presioné para que me hablara sobre ello. Al principio sentí algo de "orgullo masculino" sobre mi "poderío sexual", pero entonces caí en la cuenta de la realidad: ella había estado sufriendo desde hacía mucho tiempo y se había guardado su dolor para ella sola, como una buena esposa debía hacer (según su manera de pensar de mujer rusa). Ella no había fingido nada, pero había centrado toda su atención en complacerme a mí, incluso aunque ella no estuviera disfrutando. Créeme, me sentí fatal, me sentí egoísta y desconsiderado. Me disculpé con ella y eso todavía empeoró más las cosas. Para ella eso significaba que no la apreciaba y que me había fracasado como buena esposa. Este acontecimiento fue un punto de inflexión que nunca superamos.

La presioné para que me dijera directamente cuando había algo que estaba mal. El tiempo pasó y fuimos encontrando más y más diferencias y menos cosas en común. Como su inglés había mejorado mucho, cada día que pasaba se iba convirtiendo en alguien más familiar para los dependientes locales, fue tomado confianza en sí misma y fue menos dependiente de mí. Como todavía no podía trabajar en su campo e iba pasar bastante tiempo, le sugerí que se ofreciera voluntaria en la Cruz Roja o en el hospital. Hizo ambas cosas. Ahora sí estaba volviendo a la vida, como si fuera una planta mustia que resucita cuando le echas agua después de un año sin regarla.

El primer día de hospital ella conoció el primer hombre ruso desde su llegada a mi país, un celador llamado Yuri, de Kyiv. El pretendía ser amigo de ella y la llamaba su "hermanita pequeña", aunque él era más joven que mi mujer. Pero el tiempo pasó y sus intenciones se hicieron más obvias para mi esposa y finalmente sus atenciones dejaron de ser bienvenidas. Lo intentó todo, pero nada pudo conseguir. En última instancia fue despedido del hospital por robar a los pacientes. Ella estaba contenta de librarse de él, incluso aunque no hubiese nadie más en la ciudad con el que hablar en ruso. El hospital la patrocinó para la universidad pero ella tenía que pagarse casi todas las clases. Estudió muy duramente, pasó muchas frustraciones, pero lo hizo bien y aprobó con bastante buena nota. Durante su residencia, se dio cuenta que muchos de los doctores sabían menos que ella de su trabajo diario, pero era cooperativa y nunca les criticó.

Durante todo este tiempo sentíamos amor mutuo, pero no estábamos "enamorados" y estábamos en una situación como perdiendo el interés por el otro, pero ambos queríamos estar juntos y ver crecer nuestro amor. Así que decidimos tener un hijo, para así cimentar nuestra familia juntos y crear más amor. La naturaleza decidió otra cosa. Lo intentamos y  lo intentamos y lo intentamos, pero no hubo suerte, así que fuimos a ver a un doctor para saber la causa. Mis espermatozoides  tenían baja movilidad y aunque viable, la concepción natural era poco probable. Repentinamente, su deseo por un niño tomó un nuevo significado. Se dio cuenta de lo importante que era para ella y el solo hecho de pensar el ser privada de ello se le hacía insoportable. Ella era fértil y capaz, pero yo no. Me di cuenta que aunque yo también lo deseaba, no era tan importante para mí como para ella.  Este fue otro punto de inflexión.

Ahora todas nuestras diferencias parecen más obvias que cuando empezamos a deslizarnos colina abajo hacia el divorcio. Seguimos siendo amables el uno con el otro hasta el fin y después puedo asegurar que, aunque no seamos los mejores amigos del mundo, definitivamente no somos enemigos, como terminan muchas parejas que se conocieron por el método "normal". Ahora ella ha conocido a otro hombre y con él si es feliz. Esperan casarse en otoño. Siempre me preocuparé por ella, pero no quiero interferir. Sobre nuestras diferencias, alguna parecían más significativas,  otras poco profundas, pero todas ellas contaron. Mi incapacidad para concebir fue probablemente la más decisiva o la que colmó el vaso.

Nuestro error fue precipitarnos y no profundizar en la personalidad de cada uno. Nos prometimos al cuarto día de conocernos y cuando decidimos casarnos a penas sabíamos nada el uno del otro. Sí, cuando leí su anuncio y ella leyó mi carta, pensábamos que teníamos mucho en común, pero no fuimos suficientemente específicos ni profundizamos el uno en el otro. A ambos nos gustan las películas, la música, los deportes, conducir por el campo, el amor y el cariño, el sexo, leer, las mascotas, las fiestas, etc.

Teniendo esto en cuenta y dejando aparte los puntos de inflexión que ya he mencionado éstas eran otras "pequeñas-grandes" diferencias: a mi me gusta la música country, a ella la música pop, ambos odiamos otro tipo de música. Su idea de deporte activo es una clase de aeróbic, la mía es escalar y el senderismo. Me gustan las motos, ella siente pánico por las motos. Me gustan las películas de acción, ciencia ficción, drama criminal intenso o comedia "primitiva" (bofetadas, tortazos,...), a ella le gustan las de romances, las comedias para niños (es una gran fan de las gemelas Olsen - "Padres Forzosos") y las de aventuras con ligeras dosis de acción. Me gustan los intercambios abiertos y frecuentes de efecto y cariño, ella se siente asfixiada, si mi beso de despedida de por la mañana dura más de 10 segundos. Me gusta ir desnudo por la casa, a ella no. Me gusta el sexo oral, ella lo hace si tiene que hacerlo, pero no disfruta de ello (para mi es importante que lo haga porque disfruta con ello, no por obligación). Soy un ávido socio del club de tiro con rifle, ella odia las armas. Me gusta hablar, ella piensa que hablo demasiado y prefiere leer un largo libro en lugar de charlar (yo leo revistas como "Ciencia Popular"). I mí me gustan los perros grandes, a ella los gatos, yo soy alérgico a los gatos. Yo bebo de vez en cuando y me gusta hacerlo en compañía de mis amigos hasta coger un "puntito", ella rara vez bebe y se emborracha en cuanto bebe la mitad de su copa de champán y odia sentirse borracha. Y la lista de pequeñas diferencias sigue.

En realidad nunca nos molestaron las diferencias triviales, y teníamos algo más que una relación de  "vive y deja vivir", pero debido a ellas, realmente nunca fuimos del todo felices la mayoría del tiempo. Creo que si se hubiera quedado embarazada, hubiéramos centrado la atención en nuestro hijo. Puede que esto hubiera ayudado, puede que lo hubiera empeorado. Ah, y había una ligera diferencia de edad, de 10 años, que realmente nunca interfirió.  Ella dijo que tenía 30 para interesar a un hombre más mayor, un caballero con más estabilidad, cuando en realidad tenía 28 y yo dije que estaba en la mitad de la treintena, para parecer más joven de los 38.

Cuando conocí a mi actual esposa tenía 41 y le dije que tenía 41. Tenía una idea mucho más clara de cómo debía actuar, a quien debía buscar, y cómo comunicarme con ella mejor y antes de que surgieran problemas. También me preocupé de explicarle cómo iba a ser la situación, una vez llegara a mi casa, que aprendiera el idioma lo mejor posible y que buscara una ocupación que llenara su tiempo. En realidad esto último ya estaba hecho. Su niña, entonces tenía 2 años, llenaba todo su tiempo, además de su hogar, y esta era su vocación y a lo que deseaba dedicarse. Y sobre todo no me precipité ni dejé que ella lo hiciera. Esta vez no se han repetido las situaciones del pasado, y aunque a ambos nos gustan músicas distintas (a ella le gusta la clásica y el Jazz), muchas de nuestras aficiones son comunes y nuestra vida cotidiana es dichosa.

¡Te deseo suerte!

Mis mejores deseos.


 


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